Consejos de cómo combinar el ciclismo y el trabajo en el día a día – Elisa Lapenta

Por la profesora Elisa Lapenta. (*)

 

En poco más de 25 años que llevo ejerciendo mi profesión (y pasión) de entrenar personas, he escuchado muchísimas veces la frase “No puedo entrenar, no me dan los horarios por el trabajo”. Otras veces el problema no es la falta de tiempo, sino la falta de energía: “Llego tan cansado del trabajo que no me dan ganas de salir a entrenar.” En el caso de las mujeres, se suma: “Con los chicos, la casa, la cocina, no me queda tiempo para entrenar.”

Seguramente muchos de nosotros hemos pronunciado alguna de estas frases en cierta etapa de nuestras vidas, o quizás, precisamente ahora. Sin embargo, no creo que los citados sean los verdaderos motivos por los que no entrenamos: la razón real es no querer lo suficiente. La frase “No puedo” es tan sólo un pretexto. Lo correcto sería decir “No quiero lo suficiente en este momento”. Si nos detenemos a pensar y nos sinceramos con nosotros mismos, en general, el motivo real es la falta de organización.

 

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Cada uno de nosotros tiene bien definida su propia escala de valores y prioridades en la vida, que contiene ítems tan diversos como personas existen sobre la faz de la tierra. Lo bueno es tener bien en claro qué consideramos parte fundamental y parte complementaria en nuestra vida en general. Seguramente, en el 90% de los casos, el trabajo, la familia y los amigos estarán dentro del top ten. Ahora bien, ¿qué cosas ocupan los otros siete escalones? Quizás divertirnos, descansar, viajar, leer, estudiar… ¿Y en qué escalón están ubicados el deporte y la salud? Si está dentro de ese ranking, la mitad del problema ya está resuelto. De no ser así, sólo seremos uno más en las estadísticas de los que empiezan y dejan (antes de los tres meses) cualquier actividad que se propongan (ir al gimnasio, a natación, a pilates, a spinning, a andar en bici o a salir a correr…)

 

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Entre mis entrenados existen personas con las mas variadas profesiones y ocupaciones: desde arquitectos hasta abogados, pasando además por médicos, odontólogos, veterinarios, panaderos, carniceros, biólogos, comerciantes, empresarios, empleados, bancarios, estudiantes, vendedores o ingenieros. De todos ellos, el que menos entrena, dedica 12 horas semanales, y el que más, 30. Si el trabajo fuera la excusa para no entrenar, ¿Cómo hacen estos deportistas para moverse entre 720 y 1800 minutos por semana?

En primer lugar ellos decidieron que querían hacerlo, y en segundo lugar se pusieron una meta bien definida, que puede ser bajar de peso, sentirse bien, correr un maratón o clasificar para un mundial de medio ironman, o ir a Hawai. Pero queda bien claro que lo primero que hay que hacer es querer lo suficiente.

 

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Luego de tomar la decisión con firme convicción, llega la segunda etapa, -no menos difícil aunque tampoco imposible-, que consta de compatibilizar tiempos, ya sean laborales, familiares o sociales, con tiempos de entrenamiento. Aquí, lo más importante es tomar contacto con la propia realidad, porque una cosa es lo que nos gustaría, y otra muy diferente lo que podemos. ¿A qué deportista no le gustaría tener todo el tiempo del mundo para entrenar?

 

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El detalle está en que son muy pocas las personas que pueden vivir del deporte. La mayoría de los mortales, no sólo no percibimos un sueldo por entrenar, sino que, por el contrario, gastamos dinero por hacerlo. Entrenar entonces no es un gasto, sino una inversión en salud física y mental.

Pues entonces, en esta segunda etapa debemos tomar una hojita y hacer un recuadro semanal con mis horarios fijos de lunes a domingo. No conozco a persona alguna que trabaje 16 horas por día y duerma las restantes ocho horas. Entonces, anotamos de lunes a domingo cuántos minutos por día podemos dedicarle a una actividad extra (entrenar, por ejemplo). Y esto no necesariamente debe ser cinco, cuatro, tres o una hora por día. Tal vez sea 30 minutos tres veces entre semana y una hora el sábado, más otra hora el domingo. O una hora por día, pero sólo lunes, miércoles y viernes. O dos horas martes y jueves y tres horas los sábados ¡O lo que sea!

 

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Tenemos que definir cuánto tiempo a la semana le vamos a dedicar a los entrenamientos, sea poco o mucho. Una vez que lo tengamos claro, el problema pasa a ser del entrenador, quien decidirá, en base a los objetivos de la persona, qué hacer en cada uno de esos momentos que tengo para moverme.

Este “pequeño gran paso” es el puntapié inicial: hemos decidido que podemos y queremos movernos poco, bastante o mucho de ahora en adelante.

Superar esto no es tan sencillo, pues el obstáculo –ante todo mental- que se presenta es que, como no podemos entrenar todos los días durante dos horas, entonces directamente no entrenamos nada. Pensar así es un grave error, pues uno piensa que si no es todos los días no sirve. Pero lo ideal es enemigo de lo real. Pues bien, manos a la obra con lo que hay.

 

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Cuando hago las entrevistas de inicio a las personas que vienen para comenzar a entrenar conmigo, entre las tantas preguntas que les hago hay dos que son fundamentales: cuáles son sus objetivos y de cuánto tiempo real se dispone para entrenar.

Cuando me dicen que, por ejemplo, pueden entrenar dos horas martes y jueves y tres a cuatro horas los sábados, para mis adentros digo “buenísimo”, porque se puede implementar un plan de trabajo que en un período de ocho a 12 semanas va a producir adaptaciones estables, que a su vez redundarán en el bienestar general de la persona, más allá de mejorar su performance. Al cabo de tres meses, ese deportista viene y me comenta: “Profe, me estoy sintiendo mejor, estoy descansando mejor a la noche, y empecé a cuidarme un poquito más en las comidas.” Tan sólo eso (haber producido adaptaciones en su organismo) va a derivar en que en poco tiempo más venga y me diga: “Ya me acomodé para entrenar los lunes una horita más” o “Ahora me vuelvo del trabajo caminando y son 35 cuadras”. O bien: “Profe, ¿te parece que puedo empezar el gym?”

 

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Todo lo que acá describo es lo que verdaderamente sucede. Sentirse bien deriva indefectiblemente en querer sentirse mejor aun. Y es así como, por arte de magia, van apareciendo nuevos tiempos para entrenar. Surgen otras opciones que antes no veíamos, se reacomodan las prioridades y se reorganizan las agendas laborales. En otras palabras se potencian dos actividades que en un principio parecían totalmente antagónicas, el trabajo y el entrenamiento. Y es que aunque no lo creamos, estar mejor entrenados nos hace más eficaces en el trabajo, nos da una nueva calidad en la utilización de los tiempos y nos hace desempeñarnos mejor en todas y cada una de nuestras actividades cotidianas.

 

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Pero otro de los puntos a tener en cuenta es que hay un sinnúmero de situaciones que pueden alterar ese tiempo disponible semanal para entrenarnos. Cosas que van desde complicaciones laborales porque se enfermó un compañero de trabajo y debemos cubrirlo hasta pedidos extras de nuestros empleadores a los que no podemos decir que no. En mi caso, sé que los meses de abril y mayo son más cargados desde lo laboral que los otros, porque se corre el Desafío al Río Pinto a  principios de mayo y el Ironman de Brasil a fines de mayo. En esta etapa mis alumnos se ponen más demandantes y quisquillosos que de costumbre.

A fines de marzo y principios de abril también comienzo a preparar la charla que doy también en la carrera de Río Pinto. Esto significa una inversión de tiempo y energía extras. Puede ser que en estas semanas no logre entrenar con total regularidad lo que suelo hacer el resto del año, pero no por ello voy a tirar todo por la borda y voy a decir “no entreno más”. Simplemente sé que es un período de entre cinco y ocho semanas más cargado desde lo laboral, entonces mi objetivo será hacer lo mejor que pueda con mis entrenamientos. Yo sé que nada se pierde ni se gana en un día, ni en una semana, ni en un mes. Sólo se trata de una etapa complicada que pronto pasará.

 

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Una situación totalmente contraria sucede con personas que son independientes desde lo laboral, es decir, que no tienen jefes y que no deben cumplir un horario fijo de entrada y salida a la oficina. En ellos se da lo opuesto respecto a los tiempos disponibles, y llegan a mí con planteos como “yo manejo mis horarios”. Entonces dicen que podrían entrenar cuatro horas por día y entre cinco y seis horas los fines de semana… Ahora bien, quienes entrenamos sabemos en carne propia lo que se siente luego de cuatro horas de pedaleo, luego de trotar 20 kilómetros o nadar 7000 metros. También sabemos que los días que vamos al gimnasio después de pedalear o correr, las piernas quedan sentidas o que nadar doble turno todos los días es difícil de sostener en el tiempo.

Suelo repetir entonces la frase: “La teoría es un 30% más optimista que la práctica.” Una cosa es representarme mentalmente lo que podría entrenar y otra muy distinta es concretarlo y sostenerlo en el tiempo. En estos casos, lo que suelo hacer es planificarles de menos a más, e irlos llevando progresivamente a sumar las 20, 25 ó 30 horas semanales que quieren entrenar de entrada.

 

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El objetivo de este artículo fue tan solo compartir un puñado de conceptos y experiencias personales y profesionales. Les puedo asegurar que lo más difícil es vencer la inercia de quietud. Pero una vez superada esta instancia, si queremos lo suficiente podremos incorporar a la actividad física y al deporte como parte esencial de nuestra vida. Si logramos comprender esto, seguramente llegaremos a buen puerto. Me gustaría concluir diciendo una frase que siempre fue, es y será muy significativa para mí: el deportista no vive más,simplemente vive mejor.

 

(*) Elisa Lapenta es entrenadora especialista en deportes cíclicos de media y larga duración

elisalapentah3o@hotmail.com

Facebook:  https://www.facebook.com/H3osports/

Producción periodística: Sergio González Ramos

 

 

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