Suena la alarma a las cinco de la mañana. Ya tenías todo listo desde anoche: la ropa doblada en la silla, la bici lista, los bidones en la nevera. Y sin embargo, ahí acostado, con la cobija calientica y el cuarto oscuro, tu cerebro empieza a trabajar horas extras buscando razones para no salir. «Está haciendo mucho frío». «Anoche dormí mal». «Total, ayer rodé». «Mejor mañana que va a estar el clima mejor».
Si esto te suena, bienvenido al club. Todos los ciclistas somos expertos en inventar excusas para no montar. Es casi un talento. Y lo curioso es que, la mayoría de las veces, terminamos saliendo de todas formas. Hablemos de esas excusas que todos nos hemos puesto, y de por qué, al final, casi siempre les ganamos.
«Está haciendo mucho frío» (o mucho calor, o va a llover)
El clima es la excusa número uno, la reina de todas. Si hace frío, no salimos porque hace frío. Si hace calor, porque nos vamos a asar. Si el cielo está gris, porque de pronto llueve. Y si está perfecto, ya inventamos otra cosa. El clima siempre da para una excusa, porque nunca está exactamente como uno quisiera.
La verdad incómoda es que casi nunca está tan grave como lo pinta la cabeza a las cinco de la mañana. Ese frío que parecía insoportable desde la cama se pasa a los diez minutos de pedalear. Esa amenaza de lluvia casi nunca se cumple. Y las pocas veces que sí te moja un aguacero, terminas riéndote y contándolo como una aventura. El clima asusta más desde adentro que desde la carretera.

«Dormí mal, mejor descanso»
Esta es tramposa, porque tiene una parte de verdad: el descanso importa, y a veces el cuerpo sí necesita quedarse en la cama. El problema es que la usamos hasta cuando no aplica, como comodín para cualquier día que nos dé pereza.
Y lo raro es lo que pasa después. Uno sale medio dormido, arrastrando los pies, seguro de que va a ser una rodada horrible. Y a los veinte minutos el cuerpo despertó, la sangre está corriendo, y de repente te sientes mejor que si te hubieras quedado durmiendo. La bici, muchas veces, es la que te quita el cansancio, no la que te lo suma. Casi nunca uno vuelve de rodar arrepentido de haber salido.
«No tengo tiempo hoy»
La favorita de la gente ocupada, y otra que tiene su parte real, porque la vida se llena de cosas. Pero seamos honestos: muchas veces no es que no haya tiempo, es que no lo priorizamos ese día. El mismo rato que uno pasa dando vueltas en el celular alcanzaba para una salida corta.
Y ahí está la trampa que uno mismo se pone: creemos que si no es una rodada larga, no vale la pena. Mentira. Una vuelta de media hora también cuenta, también despeja, también suma. No todas las salidas tienen que ser épicas. A veces la mejor rodada es la corta que casi no haces.
«Me está molestando (la rodilla, el sillín, algo)»
Esta hay que mirarla con cuidado, porque a veces es de verdad y hay que hacerle caso. Si algo duele en serio, parar es lo sensato, ahí no hay excusa que valga, es sentido común. Pero uno se conoce, y sabe cuándo es una molestia real y cuándo es la cabeza agrandando una bobada para justificar la pereza.
El truco es ser honesto contigo mismo. ¿Es dolor de verdad o es cuento? Si es cuento, casi siempre desaparece a los pocos kilómetros, cuando el cuerpo entra en calor y la cabeza se distrae con el camino. Si es real, le haces caso y ya. Aprender a diferenciar las dos cosas es parte de conocerse como ciclista.
«Ayer rodé, hoy me lo merezco»
El auto-premio. Uno rueda un día y al siguiente siente que ya ganó el derecho a quedarse quieto. Y sí, el descanso es parte del entrenamiento, ya lo hemos dicho. Pero hay una diferencia entre un descanso planeado y una pereza disfrazada de recuperación.
El cuerpo casi siempre puede más de lo que la cabeza le concede. Esa vocecita que te da permiso de no salir es la misma que después te hace sentir raro, con esa incomodidad de cuando llevas días sin montar y algo te falta. Porque en el fondo, rodar no es solo lo que haces, es parte de cómo te sientes bien.
Y entonces, ¿por qué igual salimos?
Aquí está lo bonito de todo esto. Con semejante arsenal de excusas, uno pensaría que nos quedamos en la cama siempre. Pero no. La mayoría de las veces, ganamos la pelea y salimos. ¿Por qué?
Porque en el fondo sabemos algo que las excusas quieren hacernos olvidar: que casi nunca nos arrepentimos de haber salido, y casi siempre nos arrepentimos de habernos quedado. Porque conocemos esa sensación de volver a casa cansados pero llenos, de haberle ganado a la pereza, de haber hecho lo que sabíamos que teníamos que hacer. Esa satisfacción no la da la cama.
Salimos porque la bici nos da algo que ninguna excusa puede igualar: la cabeza despejada, el cuerpo vivo, ese ratico que es solo nuestro. Salimos porque, aunque nos cueste arrancar, sabemos cómo se siente al final. Y salimos porque, seamos honestos, somos ciclistas, y un ciclista sin rodar anda incompleto.

Finalmente
Las excusas van a estar siempre ahí, todas las mañanas, puntuales, esperándote en la cama con su lista de razones para no salir. Es normal, le pasa a todos, hasta a los profesionales. La diferencia no está en no tener excusas, sino en aprender a no hacerles tanto caso.
Así que la próxima vez que la alarma suene y tu cabeza empiece con el cuento del frío, el sueño o el tiempo, acuérdate de esto: en cinco minutos de pedaleo se te van a olvidar todas. Dale, móntate, aunque sea con pereza. Que la mejor respuesta a las excusas siempre ha sido la misma: salir a rodar y comprobar, una vez más, que valió la pena.