Conocí a alguien que llegó al grupo con todo. Bici de las mas «caras», ropa impecable de marca, el garmin último modelo, medidor de potencia, la pinta completa de profesional. El primer día nos habló de vatios como si llevara diez años en esto, y llevaba tres semanas montando. A los cuatro meses no volvió, y hasta donde sé, esa bici de millones está cogiendo polvo en un rincón de la casa. No es el único. He visto esa película varias veces.
Y es que hay un dato que sorprende: buena parte de la gente que empieza a montar en bici lo deja en los primeros seis meses. Cuelgan la bici y ya. Lo raro, lo que casi nadie dice, es que la mayoría no abandona porque el ciclismo sea muy duro. Abandona por otra cosa, una que tiene más que ver con la cabeza que con las piernas. Se queman. Pero no del esfuerzo físico, sino de una carrera que ellos mismos se inventaron sin darse cuenta.
Querer vivir de una la película del profesional
Esta es, para mí, la razón principal. La gente empieza a montar y, en vez de disfrutar el proceso con calma, se mete de cabeza en una película que no es la suya: la del ciclista del Tour de Francia.
Desde el primer mes quieren rodar como los pros. Medir cada vatio, seguir un plan de otro planeta, vivir pegados al reloj, hacer salidas eternas para las que el cuerpo no está ni cerca de listo. Se exigen como si les pagaran por pedalear, como si tuvieran veinte años de fondo en las piernas. Y el cuerpo, obvio, no aguanta ese ritmo de un día para otro. Llegan las molestias, el cansancio que no se va, la frustración de no dar la talla contra una vara que ellos mismos se pusieron. Lo que arrancó como un gusto se convirtió en una obligación agotadora, y un día no se levantan a rodar. Ni ese día ni nunca más.
El ciclismo no tuvo la culpa. La tuvo el afán de saltarse el camino entero y vivir de una la película del que lleva media vida en esto.
La trampa de tenerlo todo, y lo último
Bien pegada a la anterior viene otra que quema a mucha gente: creer que para rodar hay que tenerlo todo. Que sin la bici carísima, el grupo electrónico, el medidor, la ropa de marca y el computador que mide hasta lo que soñaste anoche, uno no es «ciclista de verdad».
Y ahí pasa una de dos. O gastan una plata que no tenían, a veces endeudándose, por estar a la altura de una imagen, y después ese hueco en el bolsillo se vuelve una presión más. O al contrario: como no pueden comprar todo eso, sienten que no dan la talla, se acomplejan, y prefieren dejarlo antes que ser el «pobre» del grupo. Las dos historias terminan con la bici colgada. El día que dejas que esto se trate de lo que tienes y no de lo que disfrutas, ya perdiste, tengas la S-Works del año o la bici de la tienda de la esquina.
Vivir comparándote con el de al lado
Y la tercera, que es como la mamá de todas: querer hacer exactamente lo que hacen los demás. Que el compañero hace cien kilómetros el domingo, yo también. Que aquel entrena cinco días, yo también. Que el influencer usa tal biela y tal dieta, pues yo también, sin preguntarme ni por un segundo si eso me sirve a mí.
El ciclismo tiene esa tentación fea de la comparación todo el tiempo, y para el que empieza es puro veneno. Cada cuerpo es distinto, cada quien arranca de un punto, tiene su tiempo, sus mañas. El que copia al pie de la letra lo que hace otro casi siempre se exige de más, o se amarga porque no rinde igual, sin caer en cuenta de que estaba corriendo una carrera que no era la suya. Compararte con el del lado es la forma más rápida de dañarte algo que debería ser un placer.
Lo que sí hace que la gente se quede
Entonces, ¿cuál es el secreto de los que sí duran, de esos que llevan años y años montando felices? No es más disciplina ni más talento. Es que entendieron el juego distinto.
Empezaron despacio, sin afán, dejando que el cuerpo se acomodara a su tiempo. No quisieron correr antes de gatear. Rodaron por gusto y no por obligación, y las salidas eran algo que esperaban con ganas, no una tarea de la lista. Compraron lo que podían y lo que necesitaban, sin dejarse arriar por la moda, y le sacaron el jugo a lo que tenían. Y sobre todo, dejaron de mirar al vecino: se midieron contra el que eran ayer, escucharon su propio cuerpo, respetaron su propio proceso. Por eso el ciclismo nunca se les volvió una carga. Se les volvió parte de la vida, de esas que uno ya no suelta.
Cómo no ser uno de los que cuelgan la bici
La receta, en el fondo, no tiene casi nada que ver con las piernas. Bájale a las expectativas de rendimiento y súbele a las de disfrute. No estás en el Tour, y menos mal, porque eso quiere decir que puedes rodar sin la presión que ellos cargan encima. No tienes que demostrarle nada a nadie: ni al grupo, ni a las redes, ni a ti mismo.
Arranca suave y ten paciencia, que la forma llega sola con el tiempo si no te revientas antes de que aparezca. Compra con cabeza, lo que te sirve y te alcanza, y quítate el vicio de mirar lo que tiene el otro. Anda a tu ritmo, oye tu cuerpo, descansa cuando toque. Y no pierdas de vista por qué empezaste, que casi seguro no fue para sufrir ni para presumir, sino para sentirte bien y disfrutar de andar en bici.
Si tienes eso claro, no vas a ser de los que abandonan a los seis meses. Vas a ser de los que, veinte años después, siguen montándose felices, sin acordarse ni de que alguna vez esto pudo sentirse como una obligación.
Al final, es una carrera larga
El ciclismo no es una prueba de cien metros para ganar rápido y quemarse. Es de esas cosas que se disfrutan a fuego lento, durante años, décadas si uno quiere. Y para que dure tanto, no puede sentirse como un castigo ni como una pelea de quién tiene más o quién sufre más.
Así que no dejes que te roben el gusto por andar queriendo vivir la película de otro. La tuya, la del que rueda por placer, a su ritmo, con lo que tiene y gozándose el camino, es una película larga y bonita, de esas que uno no quiere que se acaben. Cuida ese gusto por encima de todo, que es lo único que de verdad te va a mantener sobre la bici cuando pase la novedad, la moda y las ganas de impresionar. Rueda para ti, y vas a rodar para siempre.