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Cañasgordas celebra una década sobre dos ruedas y GW se suma
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El placer de lo repetitivo: por qué hacer la misma ruta mil veces nunca aburre

Tienes una ruta. Esa que haces casi siempre, la de todos los días o la de cada fin de semana. La conoces de memoria: sabes dónde está cada hueco, en qué curva aprieta el viento, cuál es la subida que te parte y dónde puedes soltarte a descansar. La has hecho cien, mil veces. Y si alguien de afuera te preguntara, seguro le costaría entender cómo no te has aburrido de hacer siempre lo mismo.

Pero los que rodamos sabemos un secreto: la misma ruta, mil veces, no aburre. Al contrario. Hay un placer raro y profundo en lo repetitivo, en volver una y otra vez al mismo camino, que cuesta explicar pero que se siente clarísimo. Y vale la pena detenerse a pensar por qué, porque en esa respuesta hay algo bonito sobre el ciclismo y sobre la vida.

La ruta cambia, aunque sea la misma

Lo primero, y lo más obvio cuando uno lo piensa: la ruta es la misma, pero nunca es igual. El camino no cambia, pero todo lo demás sí, todo el tiempo.

Un día la haces con sol y al otro con neblina. Hoy sopla el viento en contra y mañana te empuja. La luz de las seis de la mañana no tiene nada que ver con la de media tarde. Los árboles cambian, el río baja distinto, el cultivo que viste sembrado un mes lo ves crecido al siguiente. La misma carretera te regala paisajes distintos según el día, la hora y el clima. Nunca pedaleas dos veces por el mismo camino, aunque el mapa diga que sí.

El que cambia eres tú

Pero hay algo todavía más interesante, y es que el que cambia, sobre todo, eres tú. Cada vez que sales a rodar esa ruta conocida, llegas a ella siendo una persona un poquito distinta.

Un día la haces fuerte, sintiéndote imparable, y esa subida de siempre se te hace corta. Otro día llegas cansado, con la cabeza pesada, y el mismo repecho te cuesta el doble. A veces vas feliz y la ruta es una fiesta; a veces vas cargando una preocupación, y el mismo camino se vuelve el lugar donde la piensas y la sueltas. La ruta es un espejo: te devuelve, cada día, el estado en que llegaste. Y por eso nunca es la misma experiencia, porque tú nunca eres exactamente el mismo.

Con el tiempo, esa ruta se vuelve una forma de medirte sin cronómetro. Sabes que estás mejor cuando esa cuesta que te mataba ahora la subes conversando. Sabes que algo anda raro cuando el tramo fácil se te hace difícil. La ruta conocida te conoce, y te dice cosas de ti que un camino nuevo no podría.

La calma de no tener que pensar

Hay otro placer en lo repetitivo, más sutil: la tranquilidad de saberte el camino. Cuando ruedas una ruta nueva, una parte de tu cabeza está siempre ocupada, pendiente de por dónde es, qué viene, si esa curva es cerrada, si el carro sale por ahí. Es rico, pero exige.

En cambio, en tu ruta de siempre, esa parte de la cabeza descansa. No tienes que pensar el camino, tu cuerpo ya se lo sabe. Y eso libera la mente para otra cosa: para pensar en paz, para no pensar en nada, para meterte en ese estado casi de meditación donde solo existe el pedaleo. La ruta conocida es como una canción que te sabes de memoria: justamente porque no tienes que estar atento a la letra, te puedes entregar del todo a sentirla.

Subiendo alto de minas, una ruta que repito las veces que sea…

Lo conocido también es un refugio

Y está lo más hondo de todo. En una vida que casi siempre es incierta, cambiante, llena de cosas nuevas que resolver, tu ruta de siempre es un lugar seguro. Un pedazo de mundo que sí controlas, que sí conoces, que siempre está ahí esperándote igual.

Volver a ella tiene algo de volver a casa. Es reconfortante, casi como un ritual. En medio del caos de todo lo demás, saber que puedes subirte a la bici y hacer ese camino que conoces como la palma de tu mano es un ancla, una certeza. No todo tiene que ser aventura y novedad para ser valioso. A veces lo repetido, lo conocido, lo de siempre, es justamente lo que nos sostiene.

En conclusión

Así que no, hacer siempre la misma ruta no es aburrido ni es falta de imaginación. Es, en el fondo, una relación. Una que se construye con el tiempo, kilómetro a kilómetro, hasta que ese camino deja de ser un simple trayecto y se vuelve tuyo, parte de tu historia, casi un viejo amigo.

Está bien explorar rutas nuevas, buscar aventuras, cambiar de aire, claro que sí. Pero no subestimes el placer de lo conocido. La misma ruta, mil veces, te enseña algo que las rutas nuevas no pueden: que la novedad no está solo en el lugar, sino en los ojos con que lo miras y en la persona que eres cada día que llegas a él.

La próxima vez que hagas tu ruta de siempre, fíjate bien. Mira cómo, siendo la misma, nunca es igual. Ese pequeño milagro cotidiano, el de encontrar algo nuevo en lo de siempre, es uno de los regalos más silenciosos y más lindos que da la bici.

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