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Cañasgordas celebra una década sobre dos ruedas y GW se suma
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¿Por qué seguimos rodando? Una respuesta que no tiene que ver con ganar

Piénsalo un momento, en frío. La mayoría de nosotros no compite. No nos pagan por pedalear, no hay un podio esperándonos, no vamos a salir en ningún periódico. Nos levantamos temprano, a veces con frío, dejamos la cama calientica, nos exigimos, sudamos, sufrimos en las subidas. Y al final del día, ¿qué ganamos? Nada, si uno lo mide como se miden las cosas normalmente. Ningún premio, ningún trofeo, ninguna medalla. Y sin embargo, ahí estamos, una y otra vez, montándonos a rodar.

Visto así, hasta suena absurdo. ¿Por qué le dedicamos tanto tiempo, tanta plata y tanto esfuerzo a algo que no nos da nada a cambio? La respuesta está ahí, pero no en el lugar donde solemos buscarla. Porque resulta que sí ganamos, y mucho. Solo que lo que ganamos no cabe en un podio.

Rodamos para despejar la cabeza

Empecemos por lo que quizás sea lo más grande. En un mundo que no para, donde vivimos con la cabeza llena de trabajo, cuentas, problemas y ruido, la bici es de los pocos lugares donde todo eso se calla. Te subes cargando mil cosas en la mente, y a los veinte minutos de pedalear, sin darte cuenta, la cabeza se fue aclarando.

Hay problemas que uno lleva días dándole vueltas en el escritorio y que de repente, en el kilómetro treinta, se resuelven solos. No porque te sentaras a pensarlos, sino justamente porque dejaste de hacerlo. La bici te da ese espacio raro donde la mente descansa mientras el cuerpo trabaja, y uno vuelve a casa no solo cansado, sino más liviano por dentro. Eso, aunque no lo veas, es ganar. Y es de lo que más falta nos hace.

Rodamos para sentirnos vivos

Hay algo que se siente sobre la bici y que es difícil de encontrar en otro lado: la sensación pura de estar vivo. El viento en la cara, la velocidad, el corazón a mil en una subida, las piernas que responden, el cuerpo entero funcionando como una máquina. En un día normal, uno anda medio dormido, en piloto automático, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Sobre la bici, no. Ahí uno está despierto, presente, sintiendo.

Es esa mezcla de esfuerzo y libertad que nos recuerda que tenemos un cuerpo y que sirve para algo más que estar sentados. La adrenalina de una bajada, el ardor de una cuesta, el sudor, el cansancio bueno. Todo eso nos hace sentir intensamente vivos, y esa sensación es adictiva en el mejor sentido. Volvemos a rodar, en parte, para volver a sentirnos así.

Rodamos por los que ruedan con nosotros

Y está la gente, que para muchos es la razón más grande de todas. La bici, sobre todo cuando se rueda en grupo, es una fábrica de amistades de las buenas, de esas que cuesta hacer cuando uno ya está grande. Los parceros de ruta terminan siendo de los mejores amigos que uno tiene.

Porque no es solo pedalear al lado de alguien. Es sufrir juntos la misma subida, esperarse cuando uno pincha, compartir el tinto en la parada, echar cuento durante horas, celebrar juntos cuando se corona. Se crea un lazo raro y fuerte, hecho de kilómetros y sudor compartido. Muchas veces uno vuelve de una rodada sin acordarse bien de cuánto rodó, pero con el alma llena de haber estado con su gente. Eso no lo da ningún trofeo.

Rodamos porque nos hace bien

Y sí, también está lo obvio, aunque a veces se nos olvida celebrarlo: la bici nos cuida. Cada salida es un regalo para el corazón, para el cuerpo, para la cabeza. Estamos, sin proponérnoslo como una tarea, invirtiendo en nuestra salud, en nuestro ánimo, en vivir más y mejor.

Pero fíjate que casi nunca salimos pensando «voy a hacer ejercicio para cuidar mi salud». Salimos porque nos gusta, y la salud viene de regalo, como un efecto secundario hermoso. Esa es quizás la magia: que lo que nos hace bien, además, lo disfrutamos. No es un remedio amargo que hay que tomarse; es un placer que, encima, nos alarga y nos mejora la vida.

Entonces sí ganamos, y mucho

Cuando uno junta todo, se da cuenta de que la pregunta estaba mal hecha. No es que rodemos «sin ganar nada». Es que ganamos cosas que no se miden en podios ni en premios, y que por eso a veces no las vemos: paz mental, la sensación de estar vivos, amigos de verdad, salud, alegría. Cosas que, si uno lo piensa bien, valen muchísimo más que cualquier medalla.

La sociedad nos enseñó a medir el valor de todo en resultados: en quién ganó, quién llegó primero, quién tiene el mejor tiempo. Y la bici, para el que no compite, es una hermosa rebeldía contra eso. Es hacer algo por el puro gusto de hacerlo, por lo que nos da mientras lo hacemos, y no por un premio al final. En un mundo obsesionado con ganar, rodar sin más es casi un acto de libertad.

Rodar por rodar

Así que la próxima vez que alguien te pregunte, con cara de no entender, que para qué tanto esfuerzo si no vas a ganar nada, ya sabes qué responder. O mejor, no respondas nada: invítalo a rodar. Que lo sienta él mismo, porque hay cosas que no se explican con palabras, se entienden pedaleando.

Seguimos rodando porque, en el fondo, descubrimos algo que a muchos se les escapa: que las mejores cosas de la vida no son las que se ganan, sino las que se disfrutan mientras se viven. Y una rodada, con su cansancio, su paisaje, su gente y su libertad, es exactamente eso. No rodamos para llegar a ningún lado ni para ganarle a nadie. Rodamos porque, mientras rodamos, estamos justo donde queremos estar. Y esa, al final, es la mejor razón de todas.

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