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Cañasgordas celebra una década sobre dos ruedas y GW se suma
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La historia de la bici en Colombia: de transporte de campesinos a orgullo nacional

Hoy vemos a Egan Bernal, a Nairo, a Rigo, y sentimos ese orgullo de que Colombia sea potencia mundial en el ciclismo. Pero esa historia no empezó en el podio del Tour de Francia. Empezó mucho antes, en las veredas y las carreteras destapadas del país, con campesinos y obreros que usaban la bicicleta no para ganar carreras, sino simplemente para ir a trabajar. La historia de cómo llegamos de ahí hasta acá vale la pena contarla.

Primero fue un juguete de ricos

La bicicleta llegó a Colombia en los años treinta, en barcos que venían de Europa. Y como todo lo que llegaba de afuera en esa época, al principio fue cosa de gente adinerada. Las primeras bicis del país las tuvieron las familias prestigiosas de Cundinamarca, Antioquia y el Valle. Era casi un lujo, un objeto raro y elegante para pasear, no una herramienta de trabajo.

Ese «caballito de acero», como le decían, tardó un tiempo en bajar de las manos de los ricos a las de la gente del común. Pero cuando lo hizo, cambió el país.

Y se volvió la herramienta del pueblo

Para los años cuarenta y cincuenta, la bicicleta ya era otra cosa. Dejó de ser lujo y se volvió transporte de trabajo, sobre todo en el campo. El campesino que iba a la finca, el obrero que llegaba a la fábrica, el mensajero que repartía por el pueblo, el lechero, el jardinero. Todos sobre dos ruedas, porque era lo más barato y lo más práctico para moverse en un país de montañas y caminos malos.

Y aquí pasó algo bonito, casi sin que nadie se lo propusiera. Esa gente que pedaleaba todos los días kilómetros y kilómetros para ganarse la vida, subiendo y bajando montañas cargados, se estaba volviendo fuerte sin saberlo. Sin entrenador, sin plan, sin saber lo que era el ciclismo de competencia. Se estaban haciendo ciclistas de verdad, accidentalmente, solo por vivir y trabajar.

1951: la Gran aventura

Todo cambió el 5 de enero de 1951. Ese día, frente a las oficinas del diario El Tiempo, en pleno centro de Bogotá, arrancó la primera Vuelta a Colombia. La bautizaron «la Gran aventura», y el nombre le quedaba perfecto, porque era una locura: recorrer más de mil kilómetros por carreteras que eran de arena, barro y piedra, cruzando montañas, en diez etapas.

Los que arrancaron ese día no eran atletas. Eran esos mismos campesinos y obreros, corriendo con pantalonetas de fútbol, algunos con cachuchas de cuero, sobre unas bicicletas pesadísimas que llamaban «turismeras». Más de treinta mil personas se agolparon a ver la salida. El que ganó esa primera Vuelta fue Efraín Forero, «el Zipa», un tipo que se había vuelto veloz por una razón de lo más terrenal: trabajaba en una fábrica de sodas en Zipaquirá, siempre iba tarde, y le tocaba recorrer los cinco kilómetros al trabajo a toda velocidad. Así, sin querer, se hizo campeón.

La radio, la montaña y un país que se miró distinto

La Vuelta se volvió mucho más que una carrera. La radio la narraba en tono de hazaña, etapa por etapa, y por primera vez el país entero se sentó a escuchar. Lo importante es a quién estaban celebrando: no a soldados ni a políticos, sino a campesinos y trabajadores convertidos en héroes. Gente común, del pueblo, que de repente era motivo de orgullo nacional.

Y ahí apareció algo que nos define hasta hoy: la montaña. En esas subidas imposibles, los colombianos les ganaban a los extranjeros que venían de visita. La montaña se volvió lo nuestro, la marca de la casa, el terreno donde nadie nos igualaba. Un país que venía de años duros encontró en esos ciclistas una forma de sentirse capaz, de sentirse uno solo.

De los caminos de tierra al mundo

De esa raíz salió todo lo demás. Primero Ramón Hoyos, el primer gran ídolo, que arrasaba en las Vueltas. Después Cochise Rodríguez, que en 1975 se volvió el primer latinoamericano en correr el Tour de Francia y compitió en las tres grandes carreras del mundo. Luego Lucho Herrera, que en 1987 hizo algo que parecía imposible: ganó la Vuelta a España, la primera gran vuelta europea para Colombia, con su cara de campesino boyacense y su berraquera de escalador.

Y de ahí en adelante no paramos: Fabio Parra, Santiago Botero, Rigoberto Urán, Nairo Quintana, y Egan Bernal ganando el Tour de Francia en 2019, el techo con el que ninguno de esos primeros pedalistas de 1951 se habría atrevido a soñar. Cada uno paró sobre los hombros del anterior, en una línea que arranca en los caminos destapados y llega hasta lo más alto del ciclismo mundial.

Lo que somos

Por eso, cuando uno ve a un colombiano de amarillo en el Tour, está viendo mucho más que un deportista. Está viendo el final de una historia que empezó con un campesino yendo a la finca en su caballito de acero. Está viendo la montaña que nos hizo fuertes, la Vuelta que nos unió por la radio, y a toda esa gente humilde que pedaleó por necesidad y terminó regalándonos héroes.

La bici en Colombia nunca fue solo un aparato ni solo un deporte. Fue la forma en que un país de montañas y de gente trabajadora se subió al mundo. Y cada vez que uno se monta a rodar por estas carreteras, aunque no lo piense, está pedaleando sobre esa misma historia. Somos un país de escarabajos, y eso, más que un apodo, es una manera de ser.

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