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En 2013, conseguir una bicicleta de competencia en el ciclismo colombiano era casi una excentricidad para la mayoría. El que quería montar BMX en serio tenía que importar el marco, esperar semanas, pagar aranceles y aceptar que cualquier repuesto iba a costar el doble de lo que costaba afuera. Si lo tuyo era el MTB de competencia o el carbono para ruta, el panorama era el mismo. Un buen modelo de gama media-alta en una marca internacional pasaba sin esfuerzo los cinco o seis millones de pesos, y la mayoría de los colombianos quedaba mirando el deporte desde la barrera.
El ciclismo, paradójicamente, siempre fue el deporte más nuestro. Lucho Herrera ganando la Vuelta a España en 1987 con el equipo Café de Colombia abrió una era donde los nombres colombianos se volvieron parte de la historia mundial del deporte. Nairo, Egan, Rigo, Mariana Pajón, Carlos Ramírez, Carlos Oquendo, Una generación entera puso al ciclismo colombiano en el mapa mundial. Pero entre ese ciclismo de élite y el colombiano de a pie había una brecha enorme. Los héroes ganaban en Europa, mientras el papá del barrio no podía pagar una bicicleta decente para su hijo que soñaba con ser como Mariana.
Y entonces, sin discurso ni fanfarria, una marca colombiana decidió que esa brecha no tenía por qué seguir existiendo. Llevó años apostando por algo que parecía imposible en su momento: que un colombiano cualquiera, sin importar la ciudad, sin importar el barrio, pudiera entrar al ciclismo serio sin tener que importar el sueño desde otro continente.

Una historia que arranca en 2004
La marca de la que vamos a hablar es GW Bicicletas, y vale la pena contar su historia con honestidad porque casi nadie la conoce completa. GW llegó al mercado colombiano en 2004, con un nombre original que ya lo decía todo: Golden Wheels, ruedas de oro. La idea era simple, ambiciosa y, en su momento, casi ingenua: convertir cada pedalada de un colombiano en una oportunidad de ganar algo, ya fuera una carrera, una salida del fin de semana o simplemente la posibilidad de moverse en bici sin endeudarse para ello.
Empezaron con algo modesto, fabricando y distribuyendo partes de bicicleta. Después marcos completos. Más adelante, accesorios. Hoy, veintidós años después, GW es la marca con mayor presencia en el mercado nacional, con un portafolio que cubre prácticamente todas las modalidades del ciclismo: bicicletas de balance para niños que arrancan a los tres años, BMX para competencia y para los que recién se animan, MTB en todas las gamas, ruta de aluminio y carbono, urbanas para el que va al trabajo, eléctricas para los que necesitan ayuda en las subidas, y ropa técnica completa que ya no le envidia nada a las marcas europeas.
Lo que cambió en esos veintidós años no es solo el portafolio. Es lo que esa expansión significó para el país.
La marca que sostiene al ciclismo colombiano cuando otros se retiran
Acá conviene poner las cosas en perspectiva. Cuando una marca colombiana logra bajar el precio de una bicicleta de competencia a un nivel donde la clase media puede pagarla, no está haciendo solo un negocio. Está abriendo una puerta. Está permitiendo que un niño de Cali, Manizales, Bucaramanga, Cúcuta o Pasto pueda soñar con el deporte sin que la billetera de los papás se vuelva el primer obstáculo.
Una BMX de competencia GW para un niño que recién arranca puede conseguirse por una fracción de lo que costaba importar el mismo nivel hace una década. Una MTB de gama media en aluminio con frenos hidráulicos cabe en el presupuesto de una familia que ahorra unos meses. Una bicicleta de ruta de carbono con grupo Shimano sigue siendo una inversión seria, pero ya está dentro del rango de lo posible para muchos colombianos que antes ni se imaginaban tenerla. Y las gamas más altas, las que usan los atletas profesionales que compiten en Suramérica y más allá, siguen siendo más accesibles que las equivalentes importadas.
El impacto no se queda en el bolsillo. Se ve también en el aire del país. Los grupos del domingo en Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cali, Bucaramanga y muchas otras ciudades crecieron en parte porque la entrada al deporte dejó de ser una barrera económica imposible. Las escuelas de BMX en municipios pequeños empezaron a tener bicicletas con las que se puede competir de verdad. Y los niños que sueñan con seguir a Mariana Pajón ahora tienen al alcance el mismo marco que usa la triple medallista olímpica, porque ese marco se diseña, se fabrica y se vende en Colombia.
Una marca que apoya cuando otros se retiran
Otro detalle que pocos cuentan tiene que ver con el patrocinio deportivo. Muchas marcas internacionales entran a Colombia, hacen mucho ruido durante un par de años con un atleta estrella, y se van apenas el viento cambia. GW se quedó. Apoyó al BMX colombiano cuando casi nadie estaba apostando por esa disciplina, y eso permitió que figuras como Mariana Pajón, Carlos Oquendo y Carlos Ramírez tuvieran respaldo nacional para llegar a los Juegos Olímpicos. Hoy sigue patrocinando equipos de BMX, MTB, ruta y pista en Colombia, además de la Copa Nacional GW Shimano de BMX, que se ha convertido en uno de los certámenes formativos más importantes del calendario nacional.
Y no se queda en élite. La marca patrocina también equipos de formación, escuelas de base, eventos regionales que no aparecen en televisión pero que mueven a miles de niños cada fin de semana. Para muchos chicos que están empezando, recibir una camiseta GW, un manguito o una caramañola con la marca es lo más cerca que están de los grandes nombres del deporte. Es una conexión emocional que las marcas internacionales rara vez logran.
Vale la pena también nombrar que GW exporta. Está en Ecuador, Brasil, Chile, Argentina, Francia y Australia. A lo largo de los años ha apoyado a atletas de varios países, incluyendo medallistas olímpicos internacionales. Es decir, una marca nacida en Colombia hoy desarrolla productos que rinden en circuitos mundiales. Eso es lo que el ciclismo colombiano necesitaba escuchar hace años, y casi nadie estaba pendiente cuando empezó a pasar.
El ecosistema que se construyó alrededor
Vale la pena reconocer también que GW no está sola en este camino. Otras marcas colombianas como Spiro Bicycles también vienen aportando lo suyo, desarrollando geometrías pensadas específicamente para los ciclistas del país, certificando productos en la Unión Ciclista Internacional y compitiendo en circuitos internacionales con equipos nacionales. Suarez Clothing, Go Rigo Go, KOM Sports y otras marcas más pequeñas han ido construyendo en paralelo un ecosistema completo de ropa, accesorios y eventos.
Pero la historia tiene un punto de partida claro, y ese punto se llama GW. Es la marca que abrió el camino, la que demostró que se podía hacer ciclismo accesible desde Colombia sin perder calidad, la que se ganó la confianza del consumidor con un producto que cumple. Y es la que, sin pedir aplausos, ha mantenido esa apuesta durante más de dos décadas, mientras otras marcas iban y venían según les daban los números.
Lo que esto significa para el ciclista de hoy
Si en 2013 alguien quería empezar a montar en bici en serio, tenía tres caminos: pagar muy caro por una marca internacional, conformarse con una bicicleta de gama baja que no aguantaba el uso, o renunciar. Hoy ese mismo ciclista puede ir a una tienda en cualquier ciudad de Colombia, ver bicicletas colombianas que rinden, sentirlas, probarlas, llevarse una a casa que le va a durar años, y volver a la tienda cuando necesite repuestos sin tener que esperar tres semanas por una pieza importada.
Eso parece poco. No lo es. Es la diferencia entre un país donde el ciclismo era para los que tenían cómo pagarlo y un país donde el ciclismo es para el que quiere rodar. Es la diferencia entre admirar a Egan Bernal desde el sofá y subir tu propio puerto el sábado en una bici que te alcanza el bolsillo. Es la diferencia entre soñar con el deporte y vivirlo.
Y esa diferencia, en buena parte, se la debemos a una decisión empresarial que se tomó hace veintidós años en Medellín. La decisión de creer que el ciclismo colombiano merecía marcas colombianas que estuvieran a la altura.

Antes de cerrar
Este texto no es publicitario y no nació de un acuerdo comercial. Es un reconocimiento honesto a una empresa colombiana que entendió antes que muchos que el ciclismo tenía que dejar de ser un privilegio de pocos. Que apostó por el largo plazo cuando el mercado todavía no estaba listo. Que se mantuvo firme cuando los resultados no se veían rápido. Y que hoy, dos décadas después, es parte fundamental de la razón por la cual miles de colombianos pueden vivir el ciclismo sin tener que mirar afuera.
A veces, las revoluciones más importantes no llegan con discursos ni con publicidad. Llegan con decisiones empresariales serias, sostenidas durante años, que cambian silenciosamente el panorama de un país. Esta es una de ellas, y vale la pena reconocerla.
Lleva detrás la idea de que el ciclismo colombiano merece ser de todos, y no solo de los que pueden importarlo. probablemente tu primera bici, o la bici de tu hijo, o la del compañero del grupo, tenía estampado en algún lado el nombre de esta marca. Y aunque casi nadie lo nombra en voz alta, esa pequeña etiqueta lleva detrás veintidós años de apostar por algo más grande que vender bicicletas. Lleva detrás la idea de que el ciclismo colombiano merece ser de todos, y no solo de los que pueden importarlo.
Gracias, GW. Por hacer del ciclismo un deporte de país, no de pocos.